domingo, 22 de enero de 2012

El cumple y las vueltas


El 21 de Enero es el cumpleaños de mi novia. La edad que cumple es lo de menos (dejémoslo en que ya paso los 30), lo verdaderamente importante es el hecho de la conmemoración. Así que detrás de todo lo usual; el pastel, los regalitos, los abrazos y las felicitaciones, se esconde el significado de las conmemoraciones. Parece ser que es algo necesario para el hombre de cualquier época fijar periodos de tiempo, llámese días, semanas, meses, años o hasta sexenios —con o sin reelección—. Desde los más antiguos, como los egipcios o los aztecas, hasta nosotros, todos tenemos la imperiosa necesidad de contar el tiempo y andar inventándonos calendarios de todo tipo. Yo siempre he creído que los cumpleaños son algo un tanto sin sentido porque se hace coincidir una medida planetaria con la de un periodo de vida. Si fuéramos realmente estrictos lo que estaríamos diciendo es que cada cumpleaños es la conmemoración de otra vueltecita a la órbita. Por este tipo de relaciones luego aparecen jaladas en las caricaturas como cuando Superman regresaba el tiempo dándole vueltas a la tierra en sentido contrario. Ya no recuerdo bien, pero quizá sean los chinos quienes agrupan algo equivalente a los cumpleaños, por lo menos los primeros, en periodos de 100 días, lo que parece un poco más coherente. Por lo menos si eres fan del sistema métrico decimal —como yo—. En fin, el periodo para un cumpleaños, como cualquier otra medida, es una arbitrariedad. Lo cierto es que cualquiera que sea la razón de fijarlos en el número de vueltas, al final es la forma como todos conocemos y celebramos los cumpleaños. 
Ya dejando atrás todas las razones vulgares y mundanas para celebrar tu cumple, que regularmente se resumen en un pretexto para armar una buena fiesta o recibir unos cuantos presentes, el hecho de que coincida con una vuelta te permite hacerte a la idea de que estás de nuevo en el principio y que tienes chance de hacerlo todo de nuevo. Cada año que cumples te pones un poco como en año nuevo, te llenas de propósitos y esperas que sea el comienzo de algo diferente. Más todavía si se trata de una década la que celebras, a los 20 te dices que serán los mejores años de tu vida, que te la pasarás bomba en todos lados pues sólo se es joven una vez, a los 30 ya sabes que no todo es tan fácil como lo creías y que para lo que sigue esperas sentar cabeza —sin albur—, estabilizarte y concentrarte en tu trabajo, formar tu patrimonio y estás listo para los hijos —creo que mi amigo Daniel tiene como treinta y algo, lo que explica muchas cosas— a los 40 ya te preocupas porque cada vez es más común que seas presa de la disfunción eréctil y tu cabello desaparece como por un «chin pun pan tortillas papas» del maguito Rodi, etc, los 50, los 60... creo que ya tienen la idea. Lo malo es que los cumpleaños no sólo sirven para hacer planes sobre el futuro, sino para también darte cuenta, igual que ya por ahí de mayo o junio respecto al año nuevo, que has fallado en la mayoría de tus propósitos y que los que te quedan se ven cada día más difíciles. Resulta entonces que los cumpleaños son algo triste para algunos, para los cumpleañeros obviamente, que los demás se pondrán felices de entrarle al pastel, checar a las primas de la festejada o simplemente aventarse una chelas y bailar un rato. 
Ya dentro de la fiesta las cosas son muy similares en todas ellas. Si es cumple familiar te verás rodeado de tus seres queridos y no tan queridos para que recuerdes aquellos momentos donde tu tía te cambiaba los pañales o tu tío abuelo que ya se nos adelanto te hacía caballito y eras tan feliz. Tu mamá o tu papi traerá aquel álbum familiar lleno de fotos polaroid que relatan tus mejores momentos, desde que eras nada más una cara en medio de una cobijita de ositos, las clásicas fotos desnudo —de verdad no sé por qué hacen eso—, en tu confirmación, tu primera comunión, desde luego de otros cumpleaños, en el festival de primavera del kinder y, claro, en el día de las madres en la primaria. Te veras con 20 diferentes cortes de cabello que corresponden a cada una de las modas que has visto pasar, te veras con el cabello un poco afro y alborotado porque eso era la neta en los 80 o si eres niña te reconocerás con ese famoso copete en forma de tubo que todas se hacían en la secu, ese para el cual le exigías a tu mamá que te comprará un spray marca «Acuanet», el cual jodía más que cualquier otra cosa en el mundo la capa de ozono. Si se pudiera medir resultaría que los alumnos de secundaria de los 80 y 90 son culpables de la mitad del hoyo en la capa de ozono y del deshielo de los polos. Entonces mientras todos comparten en gran ánimo, degustando una sabrosa rebanada de pastel o flan o lo que sea que hacen en cada casa, cada cumpleañero se da cuenta —si tienes un ánimo un poco depre— de que no sólo ha perdido ese ángel de cuando niño, sino que las fotografías son el recuento de una historia de degradación y desgaste. No sabes porque tienes 150 fotografías de tus primeros 3 años y sólo otras 25 del resto de tu niñez; no sabes cuando fue que a tus papis ya les empezó a dar hueva sacarte fotos o en qué momento pasaste de ser el hermoso bebé a un niño cualquiera, después a un puberto lleno de barros en la cara, un adolescente cagado y rebelde y finalmente un tipo que cada vez se ve más como lo hacían tus papás en las fotos. Entonces en medio de tu reflexión vendrán las confirmaciones externas, tu abue te preguntará bajita la mano qué cuándo planeas dejar la casa de tus papás, te dirá con su tierna y dulce voz «¿y cuándo ya vas a tener tu propia casa hijo? ojalá que este sea el año en que ya te nos cases». Alguno de tus tíos te preguntara que como te va en el trabajo o la escuela, y entonces con esa sorpresa falsa expresará alguna frase que reza algo como: ¿todavía no terminas la escuela? ¿qué no ya debías de haber salido? ¿todavía sigues en ese puesto? ¿qué no te han ascendido? ¿sigues en ese mismo trabajo? Tú tía favorita te dirá con mucho tiento que por qué no te cortas el cabello o te vistes más formal, que ya no eres un chamaco y te empiezas a ver un tanto ridículo. Y así sucesivamente hasta que tus primos te restrieguen que ellos sí ya tienen un mejor trabajo o que ya terminaron la escuela o que están esperando un bebé o algo por el estilo, que tu hermano ya dio el enganche para un depa o que tu otro primo es el segundo carro que se compra. Así los cumpleaños dejan de ser tan divertidos como lo eran cuando eras niño. Ya después de un tiempo los cumpleaños son «a pain in the ass± como dicen los americanos. Por eso es que ya no quieres un cumpleaños familiar sino solo una fiesta con tus amigos, pero una fiesta así es como cualquier otra, la fecha y tu cumpleaños es sólo un pretexto conveniente. 
Ahora que se acerca el cumpleaños de Adriana yo quiero decirle que me gusta estar con ella, que no me importa un comino todas aquellas cosas que pueden parecer fracasos en su vida, que no me importa que después de sus 30 años no tenga ni viva lo que tienen y viven otras personas de esa edad y se supone el ideal de vida, que no me importa que no sea aquella mujer de 20 años que conocí, que su cuerpo no sea el mismo, que cuando vamos a los conciertos parezcamos los papás de dos o tres mocosos al lado de nosotros, que nada de eso importa. Quiero decirle que no estoy aquí para sus cumpleaños, donde sólo se hace el recuento de otra vuelta, sino para pasar la vuelta entera con ella. Quiero decirle que la amo, que es lo mejor de mis últimas vueltas y que nos quedan muchas más juntos. Que al final lo importante está en el recorrido y no en la meta. Ya por último quisiera decirle lo que no necesito decirle porque ella lo sabe y yo lo sé, y cada día juntos nos lo decimos sin palabra alguna, y por eso las vueltas del mundo las pasamos uno al lado del otro.